HISTORIA DE LA RECONEXIÓN (2)

Eric-Pearl -Historia de la Reconexión®-(2)

Es el estilo de « engaña bobos » contra el cual nos alertan constantemente en las noticias cada noche. Oía ya las noticias: Hoy, en Venice Beach, una gitana judía arrebató 333$ a un incrédulo Quiropráctico... Ya me imaginaba en una foto en un primer plano con el titular: ...tonto quiropráctico... Lo persuadió para que le diera 150$ al mes de por vida para que lo iluminara para protegerse.

Me sentí totalmente humillado por haber podido pensarlo. Entonces, mi ayudante y yo dejamos la playa y concentramos nuestras energías en buscar comida para dos con tan solo 10$ en el bolsillo.

Hubiera podido ser el final de la historia con la cartomántica pero los caminos de la mente son inescrutables. No podía quitarme sus palabras de mi cabeza. Al mediodía, cogí los últimos minutos de una pausa para ir a la librería esotérica de la zona a hojear el capítulo 3 del Libro del conocimiento: las llaves de Enoch.

La lección más importante que recibí ese día, fue que descubrí que si existe una obra escrita para no ser leída rápidamente tenía que ser aquella. Sin embargo, ya había leído bastante. Y lo que había leído, iba a obsesionarme hasta que me resignara a romper mi hucha y a llamar a esa mujer.

El tratamiento se daba en dos sesiones y en dos días de intervalo. El primer día le di el dinero y mientras me acostaba en una camilla, me decía a mí mismo que jamás había hecho algo tan tonto. ¿Cómo había podido dar 333$ a una perfecta desconocida para que dibujase líneas sobre mi cuerpo con sus dedos? Pensaba en todo lo que hubiera podido hacer con ese dinero, cuando repentinamente, tuve la inteligencia de reconocer, puesto que se lo había dado ya, que era mejor dejar de quejarme y prepararme para recibir lo que podía ocurrir.

Entonces, me quedé tranquilo, listo y receptivo.

No sentí nada, absolutamente nada. Al parecer, podía ser el único en la habitación en tener aquella certeza. Y como ya había pagado la segunda sesión, tanto daba volver el domingo para la segunda parte del tratamiento.

Esa noche, sucedió una cosa muy extraña. Hacia una hora que dormía cuando me despertó mi lámpara de noche (lámpara que tengo desde los diez años) la cual se encendió repentinamente. Cuando abrí los ojos, tuve la fuerte sensación que había alguien en la casa. Cargado de valentía con un cuchillo, un aerosol de pimiento y mi doberman, registré toda la casa. Nadie.

Volví a la cama con la extraña sensación que no estaba solo, que alguien me observaba.

A primera vista, la segunda sesión empezó casi como la primera. Pero el parecido se terminó aquí. Mis piernas no estaban tranquilas. Tenían el síndrome de "las piernas locas" que pasa de vez en cuando en medio de la noche. Enseguida esa sensación de baile de San Vito se adueñó de mí; tenía escalofríos por todo el cuerpo. Me quedé acostado con dificultad.

Aunque las ganas de levantarme fueran muy fuertes para quitarme esa sensación fuera de mis células, no me atreví a moverme. ¿Porque? Porque había pagado 333$ y quería lo mío ¡esa era la razón! Un momento más tarde todo había terminado. Era un día caluroso del mes de agosto y en la habitación no había aire acondicionado. Estaba muerto de frío y los dientes me castañeaban mientras esa mujer se apresuraba a taparme con una manta. Me quedé así cinco minutos hasta que mi cuerpo volvió a recuperar su temperatura normal.

 Había cambiado. Ignoraba lo que me había pasado y no hubiera podido explicarlo. Pero sabía que no era la misma persona que antes. No sé muy bien como, pero volví a mi coche y me fui hasta mi casa como si mi coche supiera el camino. No me acuerdo de nada del resto del día. Lo único que sé es que, al día siguiente, estaba en el trabajo y la odisea empezó.

Tenía la costumbre de pedir a mis clientes que se quedaran de 30 a 60 segundos en la camilla después del tratamiento para permitir que su cuerpo aceptara el nuevo alineamiento de las vértebras. Siete de los tratados ese lunes, se visitaban desde hacia 12 años en mi consulta y uno de ellos, una nueva clienta me preguntaron si había dado vueltas a la camilla mientras estaban acostados.

Otros me preguntaron si alguien había entrado en la sala durante el tratamiento porque sintieron la presencia de varias personas de pie o andando alrededor de la camilla. Tres de ellos tuvieron la sensación de que alguien corría alrededor de la camilla y otros dos me confesaron que tuvieron la sensación que alguien volaba a su alrededor.

Durante mis doce años de quiropráctico, nadie me había contado algo parecido. Y lo curioso es que los siete me describieron el mismo fenómeno el mismo día. Ocurría algo extraño. Además de los comentarios de mis clientes, mis empleados también me dijeron:Tiene un aspecto diferente. Su voz suena diferente. ¿Que le ha pasado durante el fin de semana? No iba a decírselo. OH, nada, contesté, preguntándome que había ocurrido durante el fin de semana. (continua ver más )

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